Muchos creyentes viven orientando su vida hacia la búsqueda de reconocimiento, estabilidad o éxito en lo terrenal, sin detenerse a considerar lo que ya poseen en Cristo. Esta falta de comprensión produce una fe débil, centrada en lo pasajero, en lugar de una vida comprometida con los propósitos eternos de Dios.
El primer capítulo de la Epístola a los Efesios presenta una de las exposiciones más profundas sobre la identidad del creyente. Allí, el apóstol Pablo enfatiza repetidamente la expresión “en Cristo”, señalando que es únicamente mediante la unión con Él, por medio de la fe, que el creyente participa de todas las bendiciones espirituales.
Los privilegios del creyente “en Cristo”
Pablo describe una serie de privilegios que no dependen del esfuerzo humano, sino de la obra soberana de Dios en Cristo:
En primer lugar, el creyente ha sido bendecido con toda bendición espiritual:
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3).
Asimismo, ha sido escogido desde antes de la fundación del mundo:
“Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él” (Efesios 1:4).
También ha sido predestinado para ser adoptado como hijo de Dios:
“En amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo” (Efesios 1:5).
En Cristo, el creyente posee redención y perdón de pecados:
“En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7).
Además, ha recibido una herencia eterna:
“En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Efesios 1:11).
Finalmente, ha sido sellado con el Espíritu Santo como garantía de su salvación:
“En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad… y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Efesios 1:13).
Estos privilegios no son futuros ni inciertos; son realidades espirituales presentes para todo aquel que está en Cristo.
El propósito supremo de Dios en Cristo
Sin embargo, Pablo no se limita a describir los beneficios individuales del creyente. También revela el propósito eterno de Dios: someter todas las cosas al dominio de Cristo.
“Y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia” (Efesios 1:22).
Cristo no solo posee autoridad absoluta sobre toda la creación, sino que ha sido constituido como cabeza de la iglesia. Esto implica que la iglesia está directamente unida a Aquel que gobierna sobre todo.
Esta verdad se profundiza aún más en el siguiente versículo:
“la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Efesios 1:23).
La iglesia es presentada como el cuerpo de Cristo, es decir, el medio a través del cual Él se manifiesta y continúa su obra en el mundo.
La centralidad de la iglesia en el plan de Dios
A la luz de estas verdades, resulta evidente que la iglesia no puede ser considerada como una institución más entre muchas otras. No se trata simplemente de una organización religiosa, sino de una realidad espiritual profundamente unida a Cristo.
No existe proyecto humano, estructura social o institución terrenal que posea una dignidad comparable, pues la iglesia forma parte del propósito eterno de Dios y está vinculada directamente a la autoridad de Cristo.
Es a través de ella que Dios ha decidido continuar obrando su plan de redención en la historia.
Conclusión
Comprender nuestra identidad en Cristo transforma radicalmente nuestra perspectiva de vida. Cuando el creyente asimila estas verdades, deja de perseguir logros temporales como su objetivo principal y comienza a vivir en función de lo eterno.
Reconocer los privilegios que tenemos en Cristo no debe conducir a una actitud pasiva, sino a un compromiso más profundo con su iglesia, entendiendo que formar parte de ella es participar activamente en el propósito eterno de Dios.
