A lo largo de la historia, distintos proyectos han marcado el rumbo del mundo desde áreas completamente diferentes. Por ejemplo, la NASA, fundada en 1958 por el gobierno de Estados Unidos, abrió la puerta a la exploración espacial y transformó nuestra comprensión del universo. En el ámbito tecnológico, Microsoft, fundada por Bill Gates y Paul Allen, revolucionó la informática personal, llevando la tecnología a millones de hogares y empresas. Y en el plano global, la Organización de las Naciones Unidas, establecida en 1945 tras la Segunda Guerra Mundial, ha buscado mantener la paz y fomentar la cooperación entre las naciones.
Sin embargo, por encima de todos estos esfuerzos humanos, existe una organización cuya importancia no siempre se ha dimensionado correctamente. Su propósito es trascendental, su impacto ha perdurado por siglos en todas las culturas, y su misión no solo transforma sociedades, sino que comienza en lo más profundo del individuo, se extiende a la familia y alcanza a naciones enteras. Esa organización merece ser entendida con mayor profundidad.
Aun muchos miembros de la iglesia desestiman el privilegio que tienen al ser parte de ella; no alcanzando a dimensionar la honra de ser parte de esa gran empresa, la cual más que una organización, es un organismo vivo, el cuerpo de Cristo. Es por medio de la iglesia que a Dios le plació establecer el reino eterno de su Hijo y es ese cuerpo quien realiza las obras que Jesús como cabeza ordena.
Los privilegios del creyente “en Cristo”
Pablo describe una serie de privilegios y bendiciones diterminadas por Dios para quienes estuvieran unidos a Cristo, esto se puede evidenciar claramente cuando el apostol repetidamente usa la frase “en Él”, es decir estar en Cristo. Ser miembros de su cuerpo nos hace parte no solo del pueblo rescatado, sino que nos involucra en el proyecto secreto de Dios para restaurar todas las cosas y reconciliar el mundo con Él.
En primer lugar el apostol menciona que el creyente ha sido bendecido con toda bendición espiritual:
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3).
Asimismo, ha sido escogido desde antes de la fundación del mundo:
“Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él” (Efesios 1:4).
También ha sido predestinado para ser adoptado como hijo de Dios:
“En amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo” (Efesios 1:5).
En Cristo, el creyente posee redención y perdón de pecados:
“En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7).
Además, ha recibido una herencia eterna:
“En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Efesios 1:11).
Finalmente, ha sido sellado con el Espíritu Santo como garantía de su salvación:
“En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad… y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Efesios 1:13).
Estos privilegios no son futuros ni inciertos; son realidades espirituales presentes para todo aquel que está en Cristo.
El propósito supremo de Dios en Cristo
El apostol Pablo presenta a los Efesios una de las exposiciones más profundas acerca del propósito eterno de Dios, el secreto de su voluntad: reunir todas las cosas bajo el Señorio de su Hijo, y aún más colocar a Cristo como regente de su empresa:
“Y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia” (Efesios 1:22).
Cristo no solo posee autoridad absoluta sobre toda la creación, sino que ha sido constituido como cabeza de la iglesia. Esto implica que la iglesia está directamente unida a Aquel que gobierna sobre todo.
Esta verdad se profundiza aún más en el siguiente versículo:
“la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Efesios 1:23).
La iglesia es presentada como el cuerpo de Cristo, es decir, el medio a través del cual Él se manifiesta y continúa su obra en el mundo.
La centralidad de la iglesia en el plan de Dios
A la luz de estas verdades, resulta evidente que la iglesia no puede ser considerada como una institución más entre muchas otras. No se trata simplemente de una organización religiosa, sino de una realidad espiritual profundamente unida a Cristo.
No existe proyecto humano, estructura social o institución terrenal que posea una dignidad comparable, pues la iglesia forma parte del propósito eterno de Dios y está vinculada directamente a la autoridad de Cristo.
Es a través de ella que Dios ha decidido continuar obrando su plan de redención en la historia.
Conclusión
Comprender nuestra identidad en Cristo transforma radicalmente nuestra perspectiva de vida. Cuando el creyente asimila estas verdades, deja de perseguir logros temporales como su objetivo principal y comienza a vivir en función de lo eterno.
Reconocer los privilegios que tenemos en Cristo no debe conducir a una actitud pasiva, sino a un compromiso más profundo con su iglesia, entendiendo que formar parte de ella es participar activamente en el propósito eterno de Dios.
